No era un fantasma quien surgió entre la niebla. Su mente oscilaba entre lo blanco del pasado y lo negro del futuro; lograba divisar entre ambos, el candor grisáceo del presente, con rostro irónico. Sintió los disparos a espaldas suyas, esta vez no echó a correr, sus pies se clavaron en el suelo. ¡Alto! dijo el policía. Le ató las manos detrás de la espalda, pero el hombre sacó de su zapato un sable con el otro pie. Por suerte no se puso calcetines y logró clavar en la entrepierna el arma blanca, sujetando el mango con el pulgar. Todos los compañeros del atacado, vieron que el lado negro derecho de la cara del asaltante, se volvía roja, al igual que sus pies. Escaparon y abandonaron al jefe. El fantasma de negro hoy se pintaba de rojo, como cada noche dominical.
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